lunes, 7 de mayo de 2012
Cuerpos de camaleón.
Les llamaron cuerpos de camaleón. Cuerpos dúctiles y maleables por el influjo de esa fuerza que nunca se apagaba en su interior. Emulaban a Luna y Mar y cada noche la atracción de la luna desataba mareas que hacían crecer las olas; la espuma se estrellaba en la orilla de la playa o en las rocas escarpadas que se alzaban más allá. Les gustaba disfrazar su alma y su cuerpo, concebir emociones, que se colaban ligeras en su interior, sin hacer ruido al entrar, enraizándose en sus venas y jugando a ser hiedra. No fueron almas corrientes ni el primero de sus días; fueron imanes cara a cara por un polo cada uno. Y todos saben lo que ocurre cuando el polo negativo choca con el positivo, no hay vuelta atrás. Muchos ingenuos hacen coincidir sus polos obcecados en que idéntico y compatible nacieron sinónimos, y ellos dos decidieron sin premeditación demostrarles lo contrario. Fueron esa noche imanes, la primera de sus noches, que sin buscarse se encontraron, que hicieron un pacto sin ser conscientes de ello. Sus diferencias se estrecharon la mano muy fuerte y desde ese preciso momento quedaron condenados a ese efusivo apretón de manos, condenados en su décima acepción del diccionario, solo que cambiando pena por amor. De esta forma, ese amor decidió unirse a esa afición suya por adoptar mil y una formas. Y gracias a ese pacto mudo que tuvo lugar cuando sus polaridades opuestas se abrazaron, pudo imitar a las lagartijas. Ellas son seres curiosos que nacieron con un don: si les cortan la cola, ésta vuelve a nacer, una y otra vez; realmente fascinantes las lagartijas, aunque les intenten arrebatar un trocito de su ser, nacieron con la capacidad de reconstruirlo eternamente. Pudo ser, asimismo, Prometeo, regenerándose tras cada picotazo. Pudo ser como la rosa que nunca marchita, bajo el hermético cristal que la cubre. Pudo ser una lista interminable de cosas, pero nunca en esa lista figuró la palabra débil.
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