domingo, 6 de mayo de 2012

El leimotiv del domingo.

Los domingos como hoy la amargura me llena la boca cuando el recuerdo en tono ámbar atormenta las papilas gustativas y tu saliva no está aquí para bañarlas con sales curativas. Pero para compensar, no queda rastro amargo en este vivo corazón, que no bebe de otro sitio que del vaso de tu amor, y es como un pozo sin fondo. Ya hace tiempo que no brinda con la soledad, ya hace tiempo que no busca respuestas en el cristal de las copas ni en la piel de otras bocas. La piel de la tuya le dio todas aquellas que las demás nunca supieron darle. Y no es que esas respuestas obedezcan a la lógica, pero es que en el amor esa cuestión es paradójica y lo inexplicable se convierte en la respuesta, lo que sientes sin podértelo explicar es la verdad y el sentimiento premeditado pierde su nombre adoptando el de autoengaño. Pero tú eres razón irracional de mi alegría, eres el que enterró al invierno y a sus caricias frías, eres la antorcha que el destino trajo desde Olimpia y que descansa en llamas en mi pecho. En días como hoy, en los que nada estimula mis adormecidos sentidos, tú eres el leitmotiv de mis pensamientos, el hipocentro de cada uno de los latidos que emite mi corazón agazapado por tu ausencia en esta habitación. Y la cama me mira, vacía de ti, esperando un gemido, deseando acolchar tu latir y ser testigo de nuestros cuerpos emulando enredaderas. Los domingos fueron siempre presos de la apatía, los domingos me despierto solitaria, con el alma cansada y el cuerpo sin ganas, pero ocurre que el corazón me habla más alto que nunca, sobre todo si es sobre añoranza. Comienza hablando bajito con el primer rayo de sol que me roza los párpados antes de abrirlos y te escribo aunque no me leas, te escribo aunque sigan tus ojos cerrados sobre la almohada que mi piel no toca. Después el eco de su voz resuena por las paredes de mi cuerpo, tu nombre se oye a voz en grito en mi interior y el echarte de menos se convierte en el himno oficial del último día de la semana. Y me ahogo en el Mar Muerto de todos los domingos. Pero ese mar es sabio, amigo, y me impide ahogarme porque ahí está, con sus rarezas y sus sales que llevan tu nombre y que me mantienen siempre a flote impidiendo que mi cuerpo toque fondo en el Mar Muerto encarnado en día, en este día de tristeza extraña. Será que al ser humano no le gustan los finales de las cosas, ni siquiera de las semanas. Y aun a sabiendas de que no es punto y final sino que es punto y a parte, me sumo en la más profunda abulia, esa que me arranca las ganas de todo menos de verte. Y el domingo toca su fin, pero no lo hace el himno que le acompaña, que solo está en stand by cuando mi piel ya no te extraña. Y el reloj imparable es la banda sonora de estos eternos momentos, acompañado de los suspiros del ordenador y del golpear de mis dedos en sus teclas. Entre las cuatro paredes de mi habitación, libertad y celda, consumo minutos que van más lentos cuando tu no estás aquí. Y como quién termina un libro, en el epílogo del día escribiré una relación de conclusiones, que apoyarán sus cimientos en que el futuro y tu nombre son uno.

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